ALMAGRO ESENCIAL. EL PUEBLO DE LOS OCHO MIL
Un cierto alboroto llenó a las calles de Almagro cuando corrió de boca en boca la noticia de la aparición de unas pinturas murales en el palacio de los marqueses de Torremejía. Mauricio “el mexicano”, un potentado empresario de Monterrey, acababa de comprar la aristocrática casona, levantada por un judío que llegó a Almagro en el siglo XVI huyendo de Madrid, para convertirla en su vivienda, construir un pequeño y lujoso hotel e instalar un museo de arte popular mexicano dentro del recinto palaciego.
Almagro sigue en la actualidad luciendo el esplendor que la historia le otorgó desde hace más seiscientos años y continúa con su vida de pueblo manchego, con sus tradiciones y celebraciones seculares que fueron selladas con lacre por diferentes monarcas. Desde el coqueto Corral de la Comedias hasta el corazón amojamado del tenor Giuseppe Anselmi, los tesoros de esta ciudad señorial, pero de campo, conviven con una población que, desde hace más de cien años, no baja de 8.000 habitantes ni sube casi nunca a los 9.000.
Teatro clásico y contemporáneo, encajes que llegaron de Holanda, encurtidos que trajeron los árabes y fiestas, muchas fiestas, conforman en esta localidad del manchega una idiosincrasia propia de una España rural, pero internacional a la vez, donde su gente sigue viviendo sin necesidad de ser urbanitas.
El proyecto fotográfico sobre esta población es un recorrido de diez años intermitentes, un trabajo donde quedaron en el camino algunos de sus protagonistas y permanecieron las piedras que ven de nuevo la luz. Casas humildes habitadas desde hace siglos, oficios ancestrales y personajes que nunca fueron estrellas mediáticas, permanecen en esta ciudad del Campo de Calatrava.
Almagro no se vacía, se renueva cada vez que un pico o una pala descubre lo que aun estaba oculto, o un nuevo miembro de la comunidad viene al mundo para seguir intentando que sus “ocho mil” sigan manteniendo viva esta ciudad tan barroca, señorial y popular a la vez.
Manuel Ruiz Toribio.